
Al conjunto dirigido por Oscar Tabárez le bastó el primer tiempo para justificar con creces su victoria en este partido. Ya desde el minuto de juego había generado dos claras situaciones de gol que, de no ser por una monumental tapada de Justo Villar y del error del árbitro Fagundes que no vio una intencional mano de Néstor Ortigoza sobre la línea, le habrían bastado para ponerse en ventaja. Uruguay era un vendaval y los guaraníes se limitaban a aguantar como podían el cero en su arco o, lo que es lo mismo, a jugar como lo habían hecho casi siempre en esta Copa: muy retrasado y sin propuestas más allá de la de conservar el empate.
Sin embargo, a los 11 minutos se dio lo que los palos, travesaños, defensores en la línea y, principalmente, Villar, le habían negado a los rivales de turno de los paraguayos. Tras una carambola cerca del área la pelota le cayó en los pies a Luis Suárez que se las ingenió frente a Verón para sacar un zurdazo que se esquinó aún más al rebotar en el calvo defensor y entró pegada al palo: 1 a 0 y delirio de las tribunas del Monumental, ocupado en su gran mayoría por público de la república oriental.
Con el resultado a favor, los celestes bajaron el ritmo de sus ataques y el partido entró en un pozo. Las carencias ofensivas paraguayas de siempre se vieron incrementadas por la asfixiante presión del mediocampo uruguayo (a esta altura, ya una marca registrada del equipo), sobre todo sobre su principal generador de juego, Ortigoza, de muy mal primer tiempo. Y justamente Ortigoza fue el que perdió la pelota sobre su campo con su defensa mal parada ante el inmenso (no por tamaño, sino por quite y entrega) Arévalo Ríos, quien habilitó a Forlán para que éste definiera con un potente remate cruzado y pusiera el merecido 2 a 0 a los 41 minutos.
El primer tiempo concluyó como empezó: con un Uruguay muy agresivo y metido que llevaba todo el juego y el peligro al campo albirrojo, al punto que Muslera no la tocó en toda la primera mitad. Una goleada histórica parecía avecinarse.
Pero los últimos 45 minutos tuvieron otra tónica. Los dirigidos por Tabárez decidieron explotar la falta de ideas de los paraguayos, que al no conseguir profundidad muchas veces concluían sus ataques con pelotazos sin sentido al bueno de Haedo Valdéz, que poco pudo hacer ante la defensa charrúa, más allá de un muy buen remate de volea que cacheteó bárbaro Muslera y pegó en el travesaño.
El partido parecía liquidado y desde el banco paraguayo efectuaron un último intento por cambiar la historia con los ingresos del movedizo Hernán Pérez por derecha, Estigarribia por izquierda y el delantero argentino nacionalizado Lucas Barrios adelante, que no había empezado entre los 11 por molestias físicas y tan sólo 7 minutos después de haber entrado sufrió un desgarro que dejó a su selección con un jugador menos a los 38 minutos del segundo tiempo.
Con Paraguay completamente jugado en busca de un descuento que le diera lugar a la esperanza, un contraataque de manual dejó a Forlán mano a mano con el arquero tras cuatro pases entre González, Cavani y Suárez. El rubio delantero definió contra un palo y le puso cifras definitivas al encuentro: 3 a 0 y Uruguay campeón.
Poco queda por agregar a lo ya dicho anteriormente del seleccionado uruguayo. Un conjunto en donde cada uno sabe el rol que tiene que cumplir y lo hace con alma y vida, entendiendo que hay un equipo que está por encima de cualquier nombre. Cuartos en el último mundial y ahora campeones de Sudamérica, cuesta imaginar el techo para un seleccionado que es tan consciente de sus falencias como de la manera de explotar sus virtudes. Por lo pronto, ahora sólo hay que felicitarlos y dejarlos festejar.
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